Digamos que tú eres algo como mi música. Es bonito, eh. Aunque no lo creas, compararte con música. No he visto comparación más bonita en toda la literatura universal, de hecho. Siempre te veía con las mismas facetas un día tras otro, con la misma voz y mismos gestos, pero ya que tú eres mi música, cada día te miraba con distintos ojos, aunque por más ojos que pudiese mirarte la vista sería increíble. Te levantabas. Despeinado decías. Como el principio de mi canción favorita cuando suena la parte instrumental. Una vez me dijeron que nunca había que convertir tu canción preferida en una persona. Pero qué más da, también suelo decir siempre que todo eres tú, será por cosas sin sentido. Te arreglabas mirándote al espejo y esbozando una sonrisa al final para ver si de verdad estás deslumbrante, y me preguntas, obviando un sí por respuesta. Tal que cuando el cantante empieza la canción, justo en el verso en el que me doy cuenta de que es la mejor canción que he escuchado nunca. O no. Quizás no lo sea. Quién sabe. Decías: ¿nos vamos?. Dando la introducción a un gran momento, algo parecido al instante en el que el cantante coge aire para comenzar el estribillo, y como te sabes la canción de memoria sabes que ahí va a comenzar. Es como compararte con cada verso de la canción, sin querer llegar al final, por no querer terminarte a ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario